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1 de mayo de 2021

La última risa del Bayano

Por Julio César Guianze

 

 

Hace dos semanas murió Jorge Rodríguez Benítez, poeta y periodista. Trabajó con otros prestigiosos exponentes del periodismo deportivo, relacionando la cultura (música, literatura, poesía) con el fenómeno del fútbol. Fue muy conocido por su apodo: El Bayano.

Conocí al Bayano hace unos años y, a partir de ese día, forjamos una estrecha amistad. Estaba recluido, solo iba de su dormitorio a su estudio a buscar algún libro. Nada más: a eso se reducía su actividad.

Sin embargo, entre nosotros surgió un lazo que nos unió. Yo lo visitaba asiduamente y pasábamos tardes enteras (a veces se nos hacía de noche) hablando de filosofía, de literatura, de poesía, de música y de fútbol.

El Bayano disfrutaba preguntándome por Nieztsche o por Schopenhauer (un pensador tan cercano a él), por Platón o Michel de Montaigne. Sentía curiosidad por la filosofía. “Prefiero que me cuentes tu, a ponerme a leerlos.” – me decía- “ya no me queda tiempo”  

Algunas tardes, le leía párrafos o páginas enteras, maravillosas, de Marcel Porust, de Saúl Bellow, de Thomas Pynchon, de Lucio V. Mansilla, de Salinger, Onetti o Lucía Berlin. Y él rebuscaba en su memoria, o en sus libros, pasajes de Spencer, de Jean Jacques Rousseau o de William James que quería compartir. O se regodeaba recordando textos de Julio C. da Rosa, de Serafín García, de Mario Arregui o Carlos María Gutiérrez. A veces nos reíamos a carcajadas de algunas cosas de Henri Miller o Curzio Malaparte, y se sacaba el sombrero, haciendo una reverencia, ante el “gran José Martí”, como lo llamaba, o me contaba anécdotas que había vivido junto al Maestro Rubén Lena, o trabajando con los periodistas Víctor Hugo Morales y Alejandro Apo. Algunas veces sentía, simplemente, la necesidad de confesar cosas, cosas que guardo para siempre y para mi.

 

***

 

El Bayano recomendó mis libros a sus amigos. Dedicó horas a llamar por teléfono y enviar ejemplares a periodistas y personajes de la cultura para que los leyeran.

El Bayano daba un pequeño grito de alegría cuando escuchaba que yo llegaba a su casa, porque a veces caía de sorpresa, y preparaba el mate para encerrarnos a leer y a dialogar en horas que, yo ya lo sabía en ese momento, iban a quedarme grabadas para siempre.

Un hombre sensible, inquieto y generoso; intolerante con la estupidez y la avaricia; intransigente con los que renunciaron por conveniencia a sus ideales e implacable con los que se benefician elogiando a los gobiernos de turno.

El Bayano se reía cuando yo le decía que estaba sometido a la letra D: Desdén, Desilusión, Depresión.

-Sí, me decía. Es cierto: ya no tengo interés...

Sin embargo, esas tardes eran horas luminosas. El Bayano parecía volver a respirar.

Yo le pedía que leyera a Philip Roth, a Thomas Bernard, a Nabokov, a John Berger, a Lawrence Durrell… Le repetía que no podía perderse a esos maestros.

Él me hizo saber quién era Parra Del Riego. Me dijo que quizás fue “el intelectual que divisó, antes que todos, el fenómeno del fútbol como motivo de poesías, de cuentos, de análisis sociológicos.” (Parra era un periodista peruano que se radicó muy joven en Montevideo y quedó asombrado por lo que ocurría dentro de las canchas y en torno a ellas.)

Un día, en Perú, recorriendo Lima, encontré, en una vieja y hermosa librería de la calle Jirón Camaná, una revista editada en Uruguay dedicaba por completo a Parra Del Riego.

Cuando volví del viaje, llegué a casa del Bayano con la revista, y fue una fiesta. El Bayano estaba como un niño con un juguete nuevo. Leíamos los artículos sobre Isabelino Gradín (quizás la primera estrella del fútbol de aquellos primeros tiempos), las cartas de Parra Del Riego a su mujer, la uruguaya Blanca Luz Brum, otro personaje muy particular del siglo XX de estas tierras.

 

***

 

Un día le dije que había encontrado por casualidad unos datos sobre una vieja propiedad de la costa de Rocha que habría sido sede de reuniones secretas de ex jerarcas nazis, luego de la segunda guerra. Enseguida se puso a investigar. Estaba otra vez entusiasmado. Una mañana, recorrimos el lugar y visitamos la casa. Riéndonos por lo bajo, porque ocultamos a los dueños los verdaderos motivos de la visita, escrutamos la propiedad con ojos inquisitivos.

Después, hicimos planes. Pensamos un libro. Y ese día, almorzamos frente al mar. (La foto que ilustra esta nota es de aquell lejanay entrañable jornada).

Después, la salud del Bayano se fue complicando. Los problemas eran graves.

Un día lo visité en la clínica y alguien, quizás la enfermera, le dijo:

-¡Mire que linda ventana le tocó!

(Estaba en un cuarto piso).

El Bayano le respondió mirándome y riendo con toda la cara:

-Linda para el suicida… .

El Bayano era cáustico. Independiente. Difícil.  

 

***

 

Últimamente estaba sufriendo problemas neurológicos y renales, y cuando apareció el covid-19, sus complicaciones aumentaron. Lo vi por última vez tres semanas antes de su muerte.

Su mujer y sus hijos me dijeron que le costaba reconocer, que confundía las cosas, que mezclaba tiempo y situaciones…

Yo entré y la cara se le iluminó. Ese encuentro fue muy breve: unos quince minutos. Le dije que estaba leyendo El diario íntimo de Ralph Waldo Emerson, y enseguida empezó a recordar datos, a relacionarlos con lo que pasaba en Estados Unidos en los siglos XVIII y XIX. Hablamos de la moral protestante, de los sueños de aquella generación que abrazó la idea de  una tierra prometida… Y recordó versos del amado Walt Whitman… Y otra vez vi su risa, y sospeché que quizás no volvería a verlo. ¡Era el Bayano de siempre! Pero lo era en esos breves momentos. Después se hundía. Se metía en su cueva interior. ¿A relamerse las heridas? ¿A echarse culpas? ¿A regodearse en el dolor? ¿A dejarse ir? No lo sé.

 

***

 

Hace dos semanas mi hija vio su foto en las páginas de noticias y me preguntó:

-Papá: ¿ese señor que murió no era tu amigo?

No me consultó si se trataba del “abuelo de Augusto y Octavio” o “el padre de Martín”. Dijo: “¿Ese señor que murió no era tu amigo?”

-Sí- le dije-. Era mi amigo.

 

***

 

Cuando mi padre murió, el Bayano me dijo: “Julito. La vida cambia. Es eso y nada más. La vida cambia.”

Eso mismo le dije a sus hijos: “La vida cambia. Es eso y nada más. La vida cambia.”

Y la muerte es el cambio obligado.

 

***

 

En una dedicatoria que me escribió en 2017 al obsequiarme su libro de poemas De piedra sin agua, apuntó con letra desigual:

“Julito: gracias por hacerme sentir que tengo un amigo.”

Salud Bayano. Sigue viva. La llama sigue viva.

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Comentarios

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Hermoso relato, sentido, cercano, amigo.

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Hermoso relato, sentido, cercano, amigo. Por los cambios obligados de la vida, pero sobre todo por la amistad...brindo por la amistad.

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La Ballena que escribe

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Hermoso réquiem.

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Gustavo

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Estimado Julio, simplemente: maravilloso. Una historia que ubica al lector a estar allí, observando cada momento; tu destacada sensibilidad trasciende. Un viaje a la intimidad de El Bayano y tu relación con él, que ahora no acerca a conocerlo aún más. Gracias.

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Janine

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Belleza. Honras a tu amigo con este relato. Gracias !

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